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VIAGGIO IN ITALIA (Roberto Rossellini)

  • 2 abr
  • 3 Min. de lectura

Katherine y Alexander Joyce (Ingrid Bergman y George Sanders), una pareja que vive en Londres, habituada a ciertas comodidades, viaja a Nápoles para vender una casa heredada. La incomodidad entre ambos surge desde el primer momento. No es solo geográfica. Ya forma parte de la relación. El hábito y la convivencia los han mantenido distantes. El viaje aparece como una oportunidad para compartir, pero también como un espacio donde ya no hay dónde esconderse.



—“Cuando estamos solos, no pareces muy feliz”.


La frase no abre nada. Solo deja ver lo que ya estaba.


Surgen los celos, pero no como estallido, sino como juego. Una forma de manipulación: mencionar a otros, insinuar posibilidades, tocar lo justo para incomodar. Queda una ambigüedad constante entre la provocación y algo más profundo: la sospecha de no estar con quien realmente desean, sino con quien les resulta conveniente.


El deseo parece desplazarse. Ya no está dirigido al otro, sino al efecto que se produce en él. A la reacción. A la herida.


Ella observa a mujeres embarazadas, cuerpos que contienen algo que a ella le falta. Él mira a otras mujeres. Pero en ambos casos no hay verdadero movimiento hacia afuera, sino una forma de insistir en lo que no tienen.


Hay un rencor subterráneo. No aparece de forma explícita, pero organiza todo. Como el Vesubio: latente, silencioso, siempre ahí.


A ambos les molesta ver al otro cómodo. Como si hubiera una fidelidad al malestar. Una decisión tácita de no abandonar ese lugar de frustración compartida.


Katherine se interesa por el arte, por lo que ve, por lo que no entiende del todo. Intenta profundizar. Alexander lo desestima. Lo llama romanticismo ridículo, lo reduce a aburrimiento. No es una diferencia de opinión. Es una forma de desvalidar el deseo del otro.


El viaje, entonces, deja de ser esa idea burguesa de descubrimiento o crecimiento personal. Aquí funciona al revés: evidencia. Saca a la superficie los vacíos del vínculo que antes quedaban cubiertos por la rutina.


Cuando deciden divorciarse al volver a Londres, la decisión no irrumpe. Ya estaba ahí.


En Pompeya, durante una exploración, aparecen los restos de una pareja. Tal vez murieron juntos, dice el guía.


Katherine proyecta de inmediato: ve ahí una imagen del amor detenido, fijado en la muerte, conservado en la catástrofe. Alexander no entra en esa lectura. O no le interesa. O no puede.


Ahí se vuelve a marcar la distancia. Ella necesita significar. Él esquiva lo simbólico.


Para Katherine aparece una intuición: quizá un hijo habría podido desplazar ese encierro de dos. Sacarlos de ese solipsismo, de esa repetición. Pero no como solución, sino como posibilidad que ya no está.


Todo vuelve al mismo punto: falta de comunicación, orgullo, pequeñas estrategias de poder. Un vínculo donde mostrar debilidad implica perder posición.


En ese sentido, el amor se vuelve incompatible con la lógica que sostienen. No porque no exista, sino porque no puede decirse sin riesgo.


Los personajes no quieren perderse. Pero tampoco quieren exponerse.


Y ahí la relación queda suspendida.


Hasta el final.


La multitud, el caos, la procesión. Los cuerpos que separan y empujan. Y en medio de eso, se encuentran. Se abrazan. Dicen que se aman.


Pero Rossellini no lo afirma.


Lo deja abierto.


Como si la pregunta no fuera si se aman,sino qué ocurre con ese amor cuando ya no hay ruido alrededor.


Viaggio in Italia (Roberto Rossellini, 1954)

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