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PROFUNDO CARMESÍ (Arturo Ripstein)


En un México de finales de los cuarenta, Coral Fabre (Regina Orozco), madre soltera, vive en una situación precaria: trabaja como enfermera cuidando a ancianos y aplicando inyecciones a los vecinos de su colonia. En su intimidad se refugia en revistas del corazón, donde alimenta la fantasía de Charles Boyer. En una de ellas encuentra el anuncio “Caballero español en busca de relación sentimental”, firmado por Nicolás Estrella (Daniel Giménez Cacho). La respuesta a ese anuncio marcará el inicio de una relación turbulenta, destinada a intensificarse hasta teñirlo todo de ese rojo carmesí que la película anuncia desde su título.





La película comienza con un plano secuencia que sintetiza la historia misma: el reflejo de Coral, acostada y leyendo sus revistas, aparece en el espejo de tocador, cuya superficie distorsiona su imagen conforme se mueve. La dulzura inicial se fragmenta. A un lado del espejo hay fotografías pegadas como si se tratara de un pequeño altar dedicado a Charles Boyer. Coral se coloca frente al espejo y firma uno de sus senos con el nombre de la estrella de cine, gesto íntimo y perturbador que anticipa el cruce entre deseo, fantasía y violencia.


Coral es una mujer dominada por una pasión contenida que estalla en los momentos menos previstos, dejando ver conflictos éticos y morales que oscilan como un péndulo: de frases como “hay que aprender a cuidar el corazón” a decisiones extremas como abandonar a sus hijos por amor, para después cargar con el peso de esa culpa. Vive esclavizada por sus impulsos, tanto afectivos como alimenticios. De mujeres así —en su mayoría viudas, marcadas por una necesidad afectiva intensa— se aprovecha Nico: un charlatán que oculta su calvicie bajo un peluquín que funciona casi como una extensión de su identidad. Vende la fantasía del galán español, supuestamente parecido a Charles Boyer, para luego despojar a estas mujeres de cuanto sea posible. Una vez establecida la sociedad entre Nico y Coral, entre ambición y celos, la violencia escala: ya no solo roban, sino que asesinan de forma cada vez más brutal a sus víctimas.



En Profundo Carmesí se percibe con claridad una huella en Arturo Ripstein relacionada con su temprana cercanía con Luis Buñuel. Desde ahí se entiende su impulso anarquista: no hay buenos ni malos, no hay redención moral ni justicia ejemplar, sino personajes singulares, excesivos, deformes, observados sin condescendencia ni juicio. Ripstein busca la belleza en lo incómodo, en lo grotesco, en aquello que desborda los márgenes de una moral estable. Sus personajes no son monstruos, sino productos de un entramado social y cultural que los precede.


La película articula así una crítica directa a la hegemonía eurocentrista entrelazada con el star system hollywoodense, dos engranajes fundamentales de la cosmovisión occidental moderna. Mujeres que buscan al macho mediterráneo que las trate como protagonistas de una novela romántica; un Nico obsesionado por encajar en ese ideal importado. No existe separación entre Nico y su peluca: él ya no es él sin esa prótesis. En este punto, Ripstein señala una ideología profundamente arraigada en la cultura mexicana, comúnmente llamada malinchismo. El acento español, la forma de expresarse de Nico, se convierten en herramientas simbólicas que activan deseos y fantasías ya introyectadas en sus víctimas, como si lo extranjero fuese garantía de confianza, de valor moral o de superioridad. Una lógica que las telenovelas han llevado al extremo del estereotipo y que aquí aparece desnudada en toda su violencia.


El guion de Paz Alicia Graciadiego avanza con claridad, guiado siempre por las motivaciones de los personajes. Sin embargo, en la manufactura se advierten influencias del cine norteamericano que generan una tensión central en la película. Surge entonces la pregunta: ¿Profundo Carmesí es también víctima de aquello que denuncia, o propone una visión pesimista en la que no hay salida posible, más que someterse o morir? En mi opinión, el lenguaje cinematográfico y la forma de narrar permanecen, quizá sin ser plenamente cuestionados, menos radicales que el discurso de la historia. Hay momentos en los que la puesta en escena parece traicionar la raíz del mensaje, adoptando un estilo cercano a la tradición narrativa norteamericana, como si no pudiera desprenderse del todo de esa hegemonía también técnica.


Tal vez ahí se instala el gesto más inquietante del film: la idea de que no hay forma de escapar completamente. Que incluso quien intenta romper termina empapado de aquello que critica. Ripstein parece consciente de ese encierro: busca fracturar el sistema, pero no del todo. La película se impregna de una sensación de clausura, de degradación de la posibilidad de encontrar una salida real. Los personajes avanzan siempre por caminos ya interiorizados —económicos, sociales, amorosos— sin llegar a cuestionar la raíz misma de su percepción del mundo.


La fotografía de Guillermo Granillo refuerza esta tensión: remite al cine negro clásico con luces contrastadas y juegos de subexposición, dialoga con paisajes sórdidos cercanos al neorrealismo italiano y se mezcla con los colores intensos de México. Una combinación que, como los propios personajes, oscila entre lo sublime y lo grotesco. A diferencia de la versión original, la versión del director —veinticinco minutos más extensa— incorpora escenas de los personajes en soledad, profundizando su dimensión psicológica y su encierro subjetivo.


El final adquiere un carácter deliberadamente disruptivo. En oposición al imaginario telenovelero —donde los villanos mueren trágicamente y los “buenos” sobreviven para casarse— aquí no hay recompensa moral ni salvación romántica. Ambos afirman vivir el mejor día de sus vidas, quizá porque alcanzan una forma de liberación frente a esos cuerpos que tanto rechazo les generan, como si finalmente se desprendieran del peso que los atormenta. La muerte aparece así como liberación. Ni siquiera ella logra separarlos, hundidos en un charco de su propia sangre.


Profundo Carmesí (Arturo Ripstein, 1996)

 
 

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