PEDRO PÁRAMO (Rodrigo Prieto)
En un pueblo detenido entre la vida y la muerte, Juan Preciado llega a Comala para cumplir la promesa hecha a su madre: buscar a su padre, Pedro Páramo. Pero Comala no es un lugar, sino un eco: voces que hablan desde la ausencia, recuerdos que no distinguen pasado y presente, cuerpos que ya no están pero siguen diciendo. La película traduce el universo de Rulfo en una atmósfera espectral donde el poder, el deseo y la culpa fundan un territorio condenado. Pedro Páramo no cuenta una historia lineal: hace visible un mundo donde los muertos siguen mandando y los vivos llegan siempre tarde.

Una película hecha por dos fotógrafos. Y eso se nota. No como elogio, sino como síntoma: la primacía del truco visual, de la ocurrencia técnica y de una estética hegemónica se impone por encima de aquello que la novela exige en términos rítmicos y atmosféricos. Pedro Páramo no es un libro difícil de adaptar por su complejidad narrativa, sino por su profundidad sensible. Para abordarlo, quizá era necesario alguien capaz de atravesar la superficie de la imagen; aquí, en cambio, llega quien se encapricha con ella.
El capricho técnico atraviesa toda la película: encuadres forzados, abuso de recursos visuales, una cultura de la imagen que poco tiene que ver ni con lo mexicano ni con el espíritu de la novela. La estética es predominantemente anglosajona, híbrida e incongruente; y en ese mestizaje sin conflicto se pierde la emoción. Lo que emerge no es una historia de intriga espectral sostenida por el tiempo —los fantasmas de un pueblo fantasma—, sino una película de terror convencional, incapaz de construir la profundidad enigmática de Comala como espacio y como experiencia.
La mezcla estética va desde la pintura clásica hasta el cine hollywoodense —o, más precisamente, la estética Netflix—. Es ahí donde aparece la falla ontológica: la película no penetra, traduce. O peor aún, ilustra. Las referencias parecen equivocadas; lo poco que se aproxima a lo mexicano lo hace desde el imaginario de la telenovela, no solo acartonado en lo visual, sino plano en la construcción de los personajes. En el capricho todo cabe: no hay juicio, no hay postura, no hay emoción sostenida. Solo impulso y ocurrencia. Dirección estética sin profundidad.
Se percibe la comodidad del nihilista visual: aquel que entiende la imagen como primera capa y se instala ahí, satisfecho. No hay espacio para la imagen poética ni simbólica, ni para el ritmo ni para un verdadero lenguaje cinematográfico. Por eso todo puede mezclarse sin fricción: estilos, tonos, referencias. Pero esa mezcla no construye nada. Los cuadros no se encadenan: saltan. No hay relación emotiva ni narrativa entre ellos. No hay huella autoral.
Resulta profundamente irónico que una de las películas más superficiales de los últimos años se apoye en uno de los libros más profundos de la literatura. No se trata de fidelidad, sino de adaptación; no de respeto, sino de autoría. La novela genera imágenes, sí, pero desde la emoción, no desde la ilustración. Aquí las imágenes son literales, no traducidas. Tal vez la película nunca llegó a Comala. Tal vez se desvió en otra carretera y creyó haber llegado: un turista convencido de estar en el lugar correcto.
El recorrido se vuelve largo, casi el doble de su duración. Estética y narrativamente, la sensación es la de permanecer siempre en la periferia. No es un problema de Rulfo, sino de la película como objeto autónomo: un capricho técnico que busca composiciones abultadas sin articulación interna. Un surrealismo gratuito, desconectado de sus raíces psicoanalíticas, flotando alrededor de las ideas centrales sin tocarlas jamás. Todo ocurre lejos del núcleo.
En el pecado lleva la penitencia: el encierro en lo meramente visual. No es una traición a la novela; es un vacío propio. No falla como adaptación: falla como cine.
Pedro Páramo (Rodrigo Prieto, 2024)