MOMMY (Xavier Dolan)
- 16 feb
- 3 Min. de lectura
En un Canadá donde una ley permite internar a hijos con problemas de conducta sin proceso judicial, Diane, una madre viuda, intenta criar sola a Steve, un adolescente impulsivo y violento que vive al borde del estallido. Entre arrebatos, ternura y una vecina que se convierte en inesperado apoyo, madre e hijo buscan una forma de sobrevivir juntos en un mundo que parece no tener lugar para ellos.

La ley S-14 en Canadá permite que una madre pueda internar a su hijo sin proceso judicial.
Ese dato no es solo contexto: es una amenaza latente. Una salida posible. O una rendición.
Diane, “Die”, vive como si todo le hubiera pasado antes de tiempo. La viudez. La precariedad. La adultez sin red. Y Steve, su hijo, que parece más su compañero de adolescencia que su descendiente. Ambos comparten una energía desbordada, casi eléctrica. Ella viste flores, grita, seduce, se defiende. Él explota. Se aman con una intensidad que no sabe detenerse.
La película comienza con un choque. Lo vemos desde la mirada de Kyla, la vecina. Esa posición no es casual: somos espectadores dentro de otro espectador. Nadie ayuda. Nadie se acerca. Die se arregla sola. Siempre sola.
Kyla observa desde su ventana. Tartamudea. Vive en una casa azul, fría, ordenada. Al otro lado de la calle, el departamento de Die y Steve arde en amarillos y rojos. Dos mundos enfrentados: el exceso y la contención. El ruido y la asfixia. En uno sobra impulso; en el otro, sobra control.
Dolan encierra todo en un formato cuadrado. La imagen es una jaula. No hay aire alrededor de los personajes. Apenas caben. La forma no es un gesto estético caprichoso: es la respiración corta de esa relación. Es 2014, cuando el cuadrado empezaba a colonizar nuestra mirada cotidiana. Pero aquí no es moda: es límite.
Steve carga con la muerte del padre. Pero más que la ausencia física, pesa otra cosa: la falta de un límite que ordene el deseo. Su vínculo con la madre es intenso, ambiguo, posesivo. No tolera frustraciones. Todo lo vive como ataque. El mundo le resulta ofensivo. Y él responde con violencia o con euforia.
Hay momentos incómodos —cuando baila, cuando invade el cuerpo de Die— que no necesitan explicación. Algo está desajustado. No es perversión en el sentido moral. Es falta de borde. Falta de separación.
Die intenta ser madre y padre al mismo tiempo. Quiere disciplinarlo, pero tampoco ha logrado disciplinar sus propios impulsos. Cree, en el fondo, que el amor basta. Que pueden abstraerse del mundo. Que si se quieren lo suficiente, nada los tocará.
Y sin embargo, el mundo insiste.
Cuando Kyla empieza a ayudar a Steve con los estudios, algo se abre. Literalmente. La imagen se expande cuando él, eufórico, empuja los bordes del encuadre con las manos. La pantalla respira. Hay futuro. Hay trabajo. Hay cena en familia. Es un instante frágil, casi milagroso.
Después se cierra.
La película no necesita grandes catástrofes. Basta una mala noticia. Un recordatorio de que el sistema no perdona lo que no encaja. Que la precariedad no es solo económica: es estructural.
Hay una escena con música de Ludovico Einaudi que funciona como sueño. Un montaje de lo que podría ser: estudios, pareja, estabilidad. Un futuro imaginado con una dulzura insoportable. Duele porque lo creemos posible. Duele porque sabemos que no lo es tanto.
En una discusión, Die le dice a Steve: “Mi único problema eres tú”. La frase pesa más que cualquier diagnóstico. Ahí se cuela la verdad que nadie quiere admitir: amar no salva. Y a veces el hijo es también la herida de la madre.
La ley S-14 vuelve entonces como opción real. Internarlo. Entregarlo. Fingir que es por su bien. ¿Es un acto de amor o de agotamiento? ¿Protección o abandono?
La película no convierte a Steve en monstruo ni en víctima pura. Tampoco a Die en heroína trágica. Más bien, muestra cómo un sistema que celebra la autosuficiencia termina por culpar al individuo cuando no logra adaptarse. Como si todo fuera cuestión de voluntad. Como si el deseo no necesitara límites ni la libertad estructura.
Al final queda una pregunta incómoda:¿Steve nació inadaptado o fue empujado lentamente hacia el margen?¿Y cuánto de esa expulsión tiene que ver con la falta de recursos, con la pérdida, con esa ilusión de que el amor puede reemplazar cualquier ley?
Dolan no responde.
Cierra el cuadro.
Nos devuelve a la ventana de Kyla.
Miramos.
Y algo en nosotros también queda encerrado ahí.