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MISTERIOSO ASESINATO EN MANHATTAN (Woody Allen)

Actualizado: hace 5 días


Carol y Larry son un matrimonio neoyorquino que atraviesa una etapa de desgaste silencioso. Cuando una vecina muere en circunstancias sospechosas, Carol comienza a obsesionarse con la idea de que se trata de un crimen. La investigación improvisada, lejos de ser sólo un juego detectivesco, termina sacudiendo la rutina de la pareja, despertando celos, deseos y miedos que estaban dormidos. Entre el enredo policial y la comedia, la película observa cómo la búsqueda de emoción puede convertirse en una forma de poner a prueba el vínculo.




En Manhattan Murder Mystery, Woody Allen articula una comedia de enredo que funciona, al mismo tiempo, como una observación crítica sobre el desgaste del vínculo conyugal en la vida urbana contemporánea. Carol (Diane Keaton) y Larry (Woody Allen) conforman una pareja de clase media-alta que atraviesa una crisis silenciosa: la pasión se ha diluido y la convivencia se sostiene a través de gestos compensatorios —asistir a eventos deportivos o a la ópera— que evidencian más el esfuerzo que el deseo compartido.


Larry vive encerrado en sus hábitos. Es editor, metódico, ansioso y cualquier cosa que altere su orden lo pone nervioso. Carol es distinta: sociable, curiosa, con ganas de sentir algo que se salga de lo previsto. Esa diferencia, que al principio pudo ser un equilibrio, ahora se vuelve una distancia. Y es justamente ahí donde la película encuentra su punto de partida, cuando la vecina del edificio muere de manera repentina y el comportamiento del viudo no termina de encajar.


Desde ese momento, la sospecha se instala en Carol casi como una necesidad. No se trata sólo de averiguar qué pasó, sino de recuperar una emoción que hace tiempo no aparece en su vida. Para Larry, en cambio, la idea de una investigación resulta absurda y peligrosa: él preferiría que nada cambie, que todo siga su curso habitual. De ese choque surgen muchas de las escenas más logradas de la película, donde el miedo y la excitación conviven de manera incómoda. En el fondo, ambos intentan sostener el vínculo como pueden, ofreciendo algo que no tienen del todo. Como diría Lacan, amar es dar lo que no se tiene a quién no lo es.


La presencia de Ted, amigo recién divorciado y claramente atraído por Carol, no hace más que tensar la situación. Su interés por la investigación tiene tanto de curiosidad como de deseo, y despierta los celos de Larry. Más adelante aparece Marcia Fox (Anjelica Huston), una escritora segura de sí misma, inteligente y seductora, que rápidamente ocupa el centro de la escena. Ahora es Carol quien observa cómo la atención que antes recibía se desplaza hacia otra figura, dejando al descubierto lo frágil que es el lugar del deseo cuando ya no se sostiene por sí mismo.


La forma acompaña todo esto sin imponerse. La dirección de actores tiene algo de teatral: los gestos se exageran apenas, los diálogos fluyen con un ritmo casi coreografiado, y las neurosis de los personajes quedan siempre a la vista. Allen subvierte deliberadamente los códigos del cine negro y del relato policial clásico. Frente al detective frío, racional y emocionalmente contenido, Larry encarna un anti-héroe dominado por la ansiedad, siempre al borde de la huida, incapaz de sostener la épica del género. Los gags y los diálogos ingeniosos funcionan así como un mecanismo de descompresión que desarma la solemnidad habitual del thriller, sin renunciar del todo a la intriga.


La cámara de Carlo Di Palma se mueve con una libertad poco habitual en el cine de intriga. A veces parece flotar, otras se queda atrás, como si espiara desde el marco de una puerta. Esa vibración deliberada hace que el espectador se sienta dentro de la historia, acompañando a los personajes más que observándolos desde afuera. Al mismo tiempo, hay una estructura clara: primero el espacio se ordena, y luego el zoom o paneo se dirige a los rostros, como diciendo “lo emocionante en Nueva York sucede en las relaciones personales, en las mesas, no en la generalidad”.


En ese recorrido aparece un homenaje directo a La dama de Shanghai (Orson Welles, 1947), especialmente en la secuencia de la balacera entre espejos. La referencia es clara: los reflejos multiplicados, los cuerpos fragmentados, la confusión. Pero aquí el peso trágico del cine negro se desplaza hacia algo más torpe y humano.


Lejos de construir un relato pretencioso, la película logra articular una reflexión sutil sobre la pareja, el deseo y la vida rutinaria en la gran ciudad. La búsqueda de emociones distintas —a menudo inconsciente— aparece como una fuerza ambigua: revitalizadora en lo inmediato, pero potencialmente destructiva. En este sentido, Manhattan Murder Mystery se presenta menos como una comedia ligera que como una crítica irónica a las pequeñas tragedias que se gestan en la monotonía afectiva urbana.



Manhattan Murder Mystery (Woody Allen , 1993)






La sospecha no siempre nace del miedo.

A veces aparece cuando la vida se vuelve demasiado previsible.

Hay vínculos que no se rompen, se diluyen.

Y entonces cualquier desvío —una intuición, un peligro, una historia ajena—se vuelve una forma de volver a tocar algo vivo.

No trata de resolver un misterio, sino de escapar, aunque sea por un momento, de la rutina.

 
 

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