MADRE E HIJO (Aleksandr Sokurov)
- 12 feb
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Actualizado: 22 feb
En un paisaje suspendido entre la naturaleza y el silencio, un hijo cuida a su madre moribunda durante sus últimos momentos. A través de imágenes deformadas y un tiempo dilatado, Aleksandr Sokurov observa la intimidad extrema de ese vínculo, donde el cuerpo se apaga mientras el mundo continúa. Madre e Hijo es una experiencia sobre la despedida, la percepción y la fragilidad del tiempo que sostiene —y finalmente disuelve— toda relación.

Sokurov inicia con una imagen aparentemente familiar: un hijo a un lado de su madre acostada en cama, ella moribunda. Pero algo no encaja. La imagen está deformada, como si la mirada no pudiera afirmarse del todo. Desde el primer plano, la película obliga a mirar desde un lugar inestable, sin resguardo alguno.
La deformación visual aparece y desaparece, confusión. Incluso cuando el plano se normaliza, la sensación persiste. El tiempo se vuelve espeso, hipnótico, ajeno a cualquier medida precisa. Pese a su corta duración, el film parece extenderse. Tal vez porque lo que se dilata no es la acción, sino la percepción de una relación que se apaga.
Las tensiones son elementales: cuerpo y alma, humano y naturaleza, tiempo y espacio. Sin embargo, nada se organiza como oposición clara. Sokurov se aferra a la experiencia del tiempo —la espera, la respiración, la cercanía del final—, mientras las situaciones quedan suspendidas, fuera de lo cotidiano.
La cámara no explora: contiene. Funciona como un lienzo sometido a un control absoluto. No hay fuera de campo, no hay curiosidad por lo que queda afuera. Todo permanece quieto. El movimiento es mínimo. La película avanza por cuadros y por palabras escasas, imponiendo una pausa densa, casi física.
Las imágenes, unidas al vínculo entre madre e hijo, resultan extrañas. No solo por su forma, sino por la manera en que los cuerpos se tocan y se sostienen. Parecen pesados, anclados a la tierra. Los planos generan tensión por sí mismos. No explican, presionan. Los lentes no embellecen la agonía: la hacen más presente.
Reaparece la figura de la Piedad de Miguel Ángel, invertida. Pero el centro no es la referencia, sino el vacío que abre. Cuando la madre está a punto de morir, el hijo se acaricia con las manos pálidas de ella. El gesto invierte el nacimiento, la protección, el cuidado. En una sola imagen, todo se desplaza.
El tiempo sigue su curso sin mostrarse. El viento agita los campos, los caminos se cruzan, un tren pasa al fondo. El mundo continúa mientras ese vínculo se extingue.
Madre e Hijo no concluye: se disuelve. Queda como una percepción persistente sobre la fragilidad del tiempo, de los cuerpos, de la tierra. Algo que se aleja lentamente, sin que podamos señalar el instante exacto en que dejó de estar.

Madre e Hijo (Aleksandr Sokurov, 1997)