JACQUES LACAN por Massimo Recalcati (IV)
- hace 4 días
- 3 Min. de lectura
Non è più come prima
(Ya no es como antes.)
Elogio del perdón en la vida amorosa.
"Più io ti do, più io ho."— Romeo y Julieta

Hay una frase que atraviesa el amor como una paradoja: cuanto más doy, más tengo. No se trata de acumulación, sino de desposesión. No se trata de retener, sino de perder algo para que algo exista. Amar nunca fue conservar intacto el yo; siempre implicó una transformación.
Pero no todo amor opera del mismo modo.
El amor narcisista no ve al otro: se mira en él. El otro funciona como espejo, como superficie reflectante donde el yo confirma su propia imagen. No hay encuentro, hay repetición. No hay alteridad, hay autoafirmación. Se ama para suturar un vacío propio, no para sostener la falta compartida. El otro no es necesario como sujeto, sino como función. No se busca su deseo; se busca que confirme el propio.
Es un amor que no arriesga nada. Que no pierde nada.
El amor edípico, en cambio, se organiza alrededor de una escena anterior. Ama buscando al padre o a la madre. En la elección amorosa aparece un gesto, un tono, un detalle que reactiva una inscripción infantil. En el deseo se fija el objeto a: un rasgo mínimo que sostiene el fantasma. No se es fiel a la persona, sino a la escena que la precede.
Tanto el amor narcisista como el edípico reducen al otro a soporte de una estructura interna. En ambos casos, el encuentro queda subordinado a la repetición.
Existe, sin embargo, otra modalidad del amor. No como forma superior, sino como operación distinta.
Para Lacan, amar es dirigirse al nombre propio del otro. No al rasgo que encaja con mi historia. No al atributo que satisface mi fantasma. Amar implica reconocer una singularidad que no puede absorberse en mi economía psíquica. El deseo se sostiene en el fantasma; el amor introduce una apuesta por el sujeto.
El amor no redime ni completa. Pero sí anuda. Orienta. Introduce un límite elegido en medio de la dispersión del deseo. La fidelidad no es represión, sino decisión. No elimina la falta; la organiza en torno a un nombre.
En la estructura obsesiva, el amor puede vivirse como amenaza a la soberanía del yo. Entregarse implica renunciar al control absoluto de las posibilidades. Mantener todas las opciones abiertas parece garantizar libertad, pero esa libertad ilimitada termina vaciando el acto. Sin decisión no hay lazo; solo fantasía.
Idealización y agresividad se sostienen mutuamente. Cuando el otro deja de encarnar la imagen que sostenía el fantasma, la hostilidad emerge. No porque el otro haya cambiado, sino porque se ha fracturado la consistencia imaginaria que lo envolvía.
La única traición estructural no es moral. Es traición al propio deseo. Se puede mentir, engañar, ocultar. Pero el verdadero quiebre ocurre cuando se elude aquello que nos constituye, cuando se prefiere no saber nada del deseo que insiste.
La traición puede vivirse como una extremidad fantasma: algo que ya no está, pero sigue doliendo. El cuerpo recuerda incluso lo que ha perdido. La relación termina, pero la escena persiste. No porque el otro continúe allí, sino porque el fantasma no ha sido atravesado.
Perdonar no es olvidar. No es pasar página. Como sugiere Jacques Derrida, perdonar es enfrentarse a lo imperdonable. Lo que puede calcularse no requiere perdón. El perdón verdadero no responde a la justicia, sino a una decisión que desborda el intercambio.
Amar no es repetir. No es completar. No es poseer.
Amar es aceptar que ya no es como antes.
Que algo se ha modificado.
Y decidir, aun así, sostener el nombre propio del otro… sin reducirlo al propio fantasma.