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JACQUES LACAN por Massimo Recalcati (III)

  • 19 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 22 feb

¿Qué queda del Padre?


En Cosa resta del Padre?, Recalcati aborda una pregunta incómoda para la contemporaneidad: no si el padre ha caído, sino qué queda de él una vez que ha caído. El libro —anterior a El complejo de Telémaco— mantiene una postura abiertamente marxista y anticapitalista, atravesando todo el discurso con una crítica insistente al régimen del goce. A veces esa insistencia se vuelve reiterativa, pero el núcleo es claro: el psicoanálisis no funciona como adaptación al sistema, sino como un antídoto contra la lógica capitalista del consumo ilimitado.



El capitalismo produce sujetos atrapados en la fetichización del objeto: promete satisfacción, pero solo entrega repetición del vacío. El deseo, en cambio, nunca apunta a un objeto alcanzable. En este punto, Recalcati se aproxima a Žižek: el psicoanálisis revela que el objeto del deseo es estructuralmente imposible, mientras que el capitalismo empuja al sujeto hacia un goce mortífero que desconoce todo límite.


Aquí reaparece la figura del padre, no como autoridad moral ni como figura viva, sino como función simbólica. El padre es el portador de la ley del deseo: no reprime el deseo, sino que lo separa del goce absoluto. Castrar el goce para salvar al deseo. No se trata de restaurar un padre ideal ni de volver a un orden perdido, sino de transmitir la herencia del límite sin convertirlo en lastre.


El padre no es un individuo: es un significante. Por eso puede estar muerto y ser omnipresente —convertido en Gran Otro que aplasta toda búsqueda singular— o estar vivo y simbólicamente ausente. A veces por su incapacidad de transmitir; otras, porque la madre determina el lugar que ese padre puede ocupar. La ausencia del padre no es un hecho biológico, sino una falla en la transmisión de la ley de la palabra.


En El complejo de Telémaco, Recalcati desplaza el mito freudiano. A diferencia de Edipo, para quien el padre es rival y obstáculo del deseo, Telémaco no lucha contra el padre: lo espera. No como ideal del pasado ni como promesa de restauración, sino como un lugar vacío que aguarda ser ocupado por una ley justa. No hay nostalgia del patriarcado ni fe en un futuro redentor: hay espera activa de una función que ordene sin dominar.



La ley simbólica de la castración —la ley de la palabra— vuelve posible el nombre propio, la identidad, el lazo. Inscribe al sujeto en la dimensión del imposible: no todo puede ser, no todo puede saberse, no todo puede gozarse. Esta inscripción no empobrece la vida; la aligera. Frente al mandato contemporáneo de querer todo, ser todo, saber todo y desear todo, la ley introduce una pérdida que hace habitable la existencia.


El fantasma de la libertad contemporánea consiste en disociar libertad y responsabilidad. Cuando la libertad se separa de la ley, se transforma en capricho. Lucrecio ya lo había formulado: el deseo humano es un vaso perforado. El capitalismo no intenta sellar esa fuga; la explota, prometiendo que al final habrá una reparación definitiva. Pero no hay tal reparación.


Por eso Lacan advierte: toda revolución retorna al punto de partida y lleva consigo un nuevo amo. La melancolía es quedarse adherido al objeto perdido; el rechazo del padre no es lo mismo que la renuncia al padre. Renunciar al padre implica asumir la ley de la palabra, apropiarse de ella y entrar en lo social —en la cultura, el arte, el trabajo, la naturaleza— sin nostalgia ni sumisión.


El error postfreudiano del culto al Yo —especialmente en Jung— consiste en reintroducir la moral en el inconsciente, devolviendo al sujeto a la culpabilidad, a la claridad y a la oscuridad como categorías éticas. Lacan rompe con esa mistificación: no se trata de juzgar la vida como errónea, como cree el libertino, sino de abrirla. Rechazar el “todo es posible” liberal no es una condena, sino una condición para una vida más vivible.


La sublimación pulsional más alta no es la negación del deseo, sino el trabajo. Un trabajo demiúrgico: material y simbólico, físico y abstracto. Capaz de trazar mapas del mundo, pero también de intervenir en ellos. No hay deseo sin ley, ni ley sin acto.


El ser del padre es siempre un ser ausente. Pero de esa ausencia puede surgir una potencia nueva si se asume la ley del deseo. Recalcati lo formula en tres movimientos:


Acto: tomar con vigor las herramientas simbólicas para sostener un yo capaz de aceptar el deseo del Otro.

Fe: no como creencia ingenua, sino como constancia sin garantía; sin ella, el acto se agota.

Promesa: la posibilidad de una satisfacción mayor que el goce mortífero, siempre que el sujeto consienta en la ley de la castración.


No hay padre que garantice. Hay una función que se transmite o se pierde. Lo que resta del padre no es autoridad ni nostalgia: es la posibilidad de un deseo que no se devore a sí mismo.


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