JACQUES LACAN por Massimo Recalcati (II)
- 9 feb
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Actualizado: 19 feb
Le mani della madre | Las manos de la madre

En el psicoanálisis existen dos grandes mitologías en torno a la madre. La primera concibe a la madre como una prisión: una figura omnipotente, absorbente, de la cual el padre debería liberar al hijo introduciendo la ley. La segunda idealiza la maternidad como amor absoluto, sacrificio sin resto, exclusividad total. Ambas lecturas, aunque opuestas en apariencia, comparten el mismo error: pensar la maternidad como un destino natural y no como una posición ética frente al deseo.
Lacan es radical en este punto: no existe amor por la vida, como no existe amor por lo universal. Solo existe amor uno por uno. Amor por el nombre propio. Amar no es garantizarlo todo, sino reconocer la singularidad del otro sin apropiársela. Desde aquí, Recalcati propone una inversión decisiva: no es el padre quien debe liberar al hijo de la madre, sino la madre quien, desde el inicio, debe consentir en no apropiarse del hijo como objeto de su goce.
La maternidad no es dominio ni fusión; es, ante todo, experiencia de la espera. Una espera radical, imposible de anticipar, que implica aceptar que el hijo no pertenece, que no colma, que no repara. Cuando la madre confunde al hijo con el objeto que viene a suturar su falta, se inaugura una violencia silenciosa: el hijo deja de ser sujeto para convertirse en función del deseo materno.
El deseo del hombre —dice Lacan— es siempre deseo del Otro. Deseo de ser reconocido por el Otro, deseo del deseo del Otro. Cuando el niño no es visto, cuando no es reconocido como sujeto separado, aparece una forma temprana de narcisismo: el niño se mira durante horas en el espejo, no por vanidad, sino por hambre de mirada. Hoy, ese espejo se ha desplazado hacia la pantalla. No para registrar una imagen, sino para sostener una visión mediatizada de sí mismo: existir es ser visto, aunque sea por nadie.
Aquí se juega lo que el psicoanálisis llama perversión primaria. No como patología moral, sino como riesgo estructural: sin la ley de la castración, la madre puede sustituir al hijo por el objeto de su deseo. Lacan lo formula con una imagen brutal: la madre cocodrilo. Una de sus fauces es la maternidad; la otra, su feminidad. El palo que impide que el hijo sea devorado es la ley de la castración. No para reprimir el deseo, sino para limitarlo.
En la madre narcisista, la maternidad aparece como amenaza a la feminidad. El cuerpo cambia, el deseo se desplaza, la atracción sexual ya no ocupa el centro. En lugar de aceptar esa pérdida, la madre puede intentar anularla apropiándose del hijo. Aquí emerge el complejo de Medea: no como venganza contra el padre, sino como intento desesperado de volver el tiempo atrás, de restituir una feminidad imaginada mediante el sacrificio del hijo.
Recalcati encuentra una formulación contemporánea de esta tensión en Mommy (Xavier Dolan): una madre atrapada entre la madre cocodrilo y la madre narcisista. Una mujer que sacrifica a la Madre, hasta reconocer que no puede —ni debe— cubrir todas las necesidades de un hijo que ha perdido toda estabilidad simbólica. No se trata de amor insuficiente, sino del límite del amor mismo.
La pregunta decisiva, entonces, no es si la madre ama o no ama, sino otra, mucho más incómoda: ¿qué ha sido el hijo para el deseo de la madre?
En Il Ravage, Recalcati aborda la falla femenina de la herencia. La hija exige a la madre la llave de la feminidad, pero cada madre carece de esa llave. No hay transmisión directa, no hay modelo pleno. La feminidad no se hereda: se inventa, se pierde, se busca. Allí donde la madre promete lo que no tiene, el daño se multiplica.
El psicoanálisis no acusa a la madre, pero tampoco la absuelve. Señala una exigencia ética: consentir en la falta. Dejar que el hijo no colme, no repare, no garantice nada. Solo así puede surgir un deseo que no sea mortífero. Solo así el amor deja de ser captura y se vuelve, por fin, relación.
