top of page

JACQUES LACAN por Massimo Recalcati (I)

Actualizado: hace 11 horas


El psicoanálisis no busca prever el curso de la historia ni ordenar sus acontecimientos bajo una lógica progresiva. No hay aquí una cronología naturalista ni una promesa de futuro legible de antemano. En Lacan, la historia no se presenta como un relato objetivo de lo sucedido, sino como una construcción siempre inestable, dependiente del lenguaje y de la posición subjetiva desde la cual se la enuncia. Sin palabra no hay historia: hay solo una sucesión muda de hechos sin sentido. Es el lenguaje el que introduce orden, pero también ruptura.


Por eso no se trata tanto de recordar como de reescribir la historia. El pasado no está cerrado; es el futuro —aquello que aún no ocurre— lo que resignifica retroactivamente lo que fuimos. Las contingencias pasadas se reorganizan desde las necesidades que se abren hacia adelante. La historia no es memoria, sino trabajo; no es archivo, sino operación. Años después, Lacan hará jugar esta idea con el deslizamiento entre historia e histeria, subrayando su vínculo dialéctico: la historia habla porque algo no cierra, porque hay un resto que insiste.


Esta concepción se distancia tanto del individualismo como del autodeterminismo, pero también de una lectura puramente colectiva. Lacan rechaza la ilusión de una ciencia universal del sujeto. El psicoanálisis es, en todo caso, una ciencia del particular: no porque ignore lo social, sino porque entiende que lo social solo se encarna en formas singulares de deseo y de goce.


Desde aquí se comprenden las distintas posiciones clínicas. El neurótico se define por la renuncia a la pulsión: su inconsciente está estructurado como un lenguaje, y es allí donde se juega su conflicto. En la psicosis, en cambio, hay un exceso de realidad pulsional y una falla en la mediación simbólica; lo normativo no logra operar como límite. En la esquizofrenia, lo simbólico no llega a organizar la experiencia, dejando al sujeto expuesto a una fragmentación radical. No se trata de etiquetas, sino de modos distintos de habitar el lenguaje, el cuerpo y el goce.


El deseo, para Lacan, no es una necesidad ni una voluntad consciente: es siempre deseo del Otro, se constituye en relación. El goce, en cambio, es una relación consigo mismo; no apunta al encuentro, sino a la satisfacción de la pulsión en su circuito cerrado. El goce no sirve para nada, no produce, no comunica: insiste. Por eso su cercanía con la pulsión, que no busca al Otro sino su propia repetición.


Aquí aparece con claridad la tensión ética que Lacan lee en Kant y Sade. Si en Kant la ley se presenta como deber moral, en Sade el movimiento se invierte radicalmente: el goce se vuelve un deber. Ya no se trata de limitar el deseo en nombre de la ley, sino de someterse masoquistamente a la exigencia de gozar. Ambas posiciones son las dos caras de una misma moneda: ley y goce no se oponen, pueden coincidir de forma mortífera. Esta lógica resuena con fuerza en la contemporaneidad, donde el mandato de disfrutar, rendir y exponerse se presenta como libertad.


El deseo se organiza en torno a un objeto que nunca se posee del todo. El objeto mira: es imaginario, es aquello que el deseo persigue sin alcanzar. El pequeño objeto a, en cambio, no es el objeto del deseo sino su causa; no es una cosa, sino una función que antecede al sujeto mismo. No deseamos porque somos sujetos; somos sujetos porque algo nos falta.


En el fetichismo, el deseo queda capturado por ese pequeño objeto a. En la melancolía, en cambio, ese objeto se vive como definitivamente perdido, dejando al sujeto identificado con la pérdida misma. En ambos casos, el problema no es el objeto, sino la imposibilidad de hacer algo con la falta.


El lenguaje vuelve imposible la existencia de la Cosa, así como el falo vuelve imposible la relación sexual. El Nombre del Padre no garantiza armonía ni orden natural; introduce una doble condición: la significación del falo y el límite del goce. No es el niño quien debe atravesar la violencia de un padre castrador; es el sujeto, en tanto ser hablante, quien está obligado a experimentar el goce como imposible. Es el lenguaje el que impide que la pulsión se vuelva ley absoluta.


De ahí que el psicoanálisis no prometa una relación justa con lo real. No hay medida correcta ni norma universal capaz de ordenar el deseo. El deseo del sujeto, en su diferencia radical, no puede reducirse a un ideal aceptable para todos. La ética analítica no consiste en adaptarse, sino en liberar al sujeto del peso de la culpa que surge de la alienación a los ideales del Otro. Lacan es tajante: la única culpa posible es haber traicionado el propio deseo.


El encuentro, entonces, no es la fusión de dos sujetos ni la suma de dos goces. No se trata de juntar el goce del Uno con el del Otro —siempre heterogéneos—, sino de articular, en cada sujeto, deseo y goce sin que uno anule al otro. El encuentro se produce por el cruce de dos saberes inconscientes, no por una armonía consciente ni por una complementariedad imaginaria.


En este punto, el goce femenino introduce una apertura decisiva. No se agota en lo fálico ni se organiza únicamente en torno al objeto; implica siempre una relación con la falta. No se trata de ocupar el lugar de objeto en la relación sexual, sino de no retroceder ante la falta del Otro. Una mujer que sabe gozar y hacer gozar al falo no es histérica en el sentido lacaniano: no queda fijada al lugar de objeto, no reduce el vínculo a una escena de demanda. Su goce implica siempre la relación, la no clausura, la imposibilidad de cierre.


El amor, desde aquí, no aparece como complemento ni como fusión. Solo puede surgir cuando dos sujetos renuncian a hacer del pequeño objeto a, el centro de la relación. Amar implica ceder algo del goce para que el deseo no quede fijado ni idealizado. No hay garantía, no hay promesa, no hay cierre. Solo la posibilidad —siempre frágil— de sostener el deseo sin

convertirlo en mandato, y de aceptar que toda relación se funda, inevitablemente, sobre una falta.



Jacques Lacan
Massimo Recalcati



recibir las próximas entradas del cuaderno

Gracias por unirte

©NOETOLEDO2026
bottom of page