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IL NUOVO ORDINE EROTICO (Diego Fusaro)

  • 1 jun
  • 4 min de lectura

Elogio dell'amore e della famiglia


(El nuevo orden erótico - elogio del amor y de la familia)








Hay algo extraño en la palabra “orden” cuando se la une a “erótico”. Como si ya desde ahí el deseo tuviera que ser administrado, clasificado, puesto en fila. Il Nuovo Ordine Erotico (El nuevo orden erótico) de Diego Fusaro parte de esa incomodidad: la sensación de que incluso lo que antes escapaba —el amor, la falta, el cuerpo— ahora entra en circulación.


Después de 1989, con la victoria del liberalismo, el mundo empieza a parecer un gran espacio donde todo puede ser convertido en mercancía. Marx ya lo había insinuado: no solo el trabajo, también la prudencia, la virtud, el amor, la consciencia… todo puede volverse intercambio. Pero en el terreno del deseo algo cambia de tono. Ya no hablamos solo de plusvalía, sino de plusgodimento (plus goce), como lo nombra Žižek: un exceso que ya no es producción, sino consumo de placer. Un placer que no se agota, pero tampoco se transforma en vínculo.


Entre lo ocasional y lo consumista se abre una grieta. Fusaro la llama, de algún modo, la diferencia entre el erotismo neoliberal y el “neolibertino”. En ese espacio, el encuentro deja de ser encuentro y se convierte en gestión de intensidades. Una especie de exótica liberalizada donde incluso el otro parece entrar como variable disponible.


Hay algo que se repite: el egoísmo a dúo. No porque no haya dos, sino porque los dos funcionan bajo la misma lógica de uso. No hay un nosotros que exceda el intercambio, sino un contrato de presencias. La familia, en ese sentido, aparece como lo contrario del individualismo, o al menos como su interrupción incómoda: algo que no encaja del todo en la lógica de lo disponible.


El plus goce neolibertino individualista no necesita del otro como falta, sino como estímulo.


Y sin embargo, cuando Fusaro se detiene en la potencia del amor, algo se desajusta en ese sistema. Porque ahí el amor no es suma ni contrato. No es complemento en el sentido técnico, sino una forma de desbordamiento. Dos que no se equilibran, sino que se pierden un poco el uno en el otro. No para completarse, sino para sostener juntos una falta que no desaparece.


Hablar de amor, entonces, es hablar de un nombre. El nombre propio del otro. Lacan lo dice con una precisión casi incómoda: el amor es siempre amor por el nombre propio. No se ama a la humanidad, ni a la especie, ni a una idea abstracta de lo humano. Se ama a alguien que, de algún modo, condensa el mundo en su singularidad. Por eso un amor “cosmopolita” suena vacío: demasiado amplio para tocar algo.


Amar es filosofar, y filosofar es amar. Platón ya lo dejaba entrever en el Simposio: el deseo nace de una falta, pero también de una intuición de que algo puede llenarla sin cerrarla del todo. Se vive entre la ignorancia y la lucidez, entre el intento de saber y la imposibilidad de poseer completamente lo que se ama.


En ese borde aparecen también las pasiones tristes de Spinoza: los celos, la ambición, esas formas en las que el sujeto pierde su propia potencia y empieza a habitar fantasmas. No porque el otro desaparezca, sino porque se vuelve exceso de imaginación.


a.mors —del latín— sugiere algo más inquietante: amor como “no muerte”, togliemento di morte (sustracción de la muerte). Amar sería entonces suspender, aunque sea por un instante, la lógica de lo finito. Pero esa suspensión nunca es estable.


Kierkegaard aparece aquí como una sombra lateral: la etapa estética como indecisión prolongada, placer sin compromiso, vida que evita el salto. No solo en la pareja, sino también en la ética, en la forma de estar en el mundo. Y esa suspensión, dice él, genera ansiedad. Una ansiedad que hoy parece haberse vuelto paisaje.


Tal vez por eso el amor se ha reducido a algo que cabe en la inmediatez. Sin tiempo. Sin espera. Como si la duración fuera un error del sistema.


El “ermitaño de masas” aparece entonces como figura extraña: todos conectados, todos solos. Individualismo sin aislamiento real. Solo continuidad de estímulos.


Fusaro describe izquierda y derecha como las dos alas del águila neoliberal: una liberal, del dinero y la desregulación; otra progresista, del disfraz, de la identidad como performance simbólica. Ambas alas sostienen el mismo vuelo. Y en ese vuelo, todo se homologa.


La sociedad del neutro indiferenciado no elimina las diferencias: las vuelve intercambiables. Todos iguales, pero nadie realmente alguien. Todo tiene precio, pero casi nada tiene valor.


Incluso los discursos de emancipación pueden girar sobre esa lógica. La idea de una superioridad —sea de género, de clase o de cualquier identidad— corre el riesgo de repetir la misma estructura que pretende combatir. De un machismo fordista a un feminismo consumista, dice Fusaro, como si el conflicto hubiera cambiado de eje sin cambiar de forma.


Y uno se queda con una sensación incómoda: no tanto la de un diagnóstico cerrado, sino la de un movimiento continuo donde el deseo es absorbido, traducido, puesto a circular.


Pero algo del amor —quizá precisamente lo que no encaja— insiste.


No como sistema. No como orden.


Sino como interrupción breve de todo lo que quiere hacerlo funcionar.

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