HAMNET (Chloé Zhao)
- 4 jun
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Hamnet narra la vida de la familia de William Shakespeare, centrándose en su esposa Agnes Shakespeare y sus hijos en Stratford mientras él trabaja en Londres como dramaturgo.
La historia toma un giro trágico con la muerte de su hijo Hamnet, una pérdida que marca profundamente a la familia y que, con el tiempo, influirá en la creación de una de las obras más conocidas de Shakespeare: Hamlet.

En Hamnet, la historia gira alrededor de una pérdida. Pero como ocurre en muchas películas que trabajan con la memoria o el duelo, lo que realmente vemos no es solo la muerte de un hijo, sino el entramado de relaciones que esa pérdida termina iluminando.
Antes de la tragedia, la película se detiene en algo más cotidiano y, a la vez, más complejo: la forma en que una familia se organiza alrededor de sus ausencias.
El padre —William Shakespeare— está lejos. Vive entre Stratford y Londres, entre la vida familiar y la vida teatral. No se trata simplemente de distancia geográfica. Es también una distancia emocional, casi estructural. Shakespeare aparece y desaparece, como si su presencia en la familia estuviera siempre mediada por otro mundo que lo reclama.
Para los hijos, el padre es casi una figura episódica. Alguien que llega, permanece un tiempo y vuelve a irse.
La madre, Agnes, ocupa el centro del hogar. Es ella quien sostiene la vida cotidiana, quien mantiene el vínculo con la naturaleza, con lo espiritual, con una forma de conocimiento que parece anterior al mundo racional que Shakespeare habita. Los hijos gravitan alrededor de ella con una cercanía física y emocional que contrasta con la figura distante del padre.
La película construye así una dinámica muy particular: una familia donde el afecto existe, pero donde las presencias no se distribuyen de manera simétrica.
En ese sentido, Hamnet toca una tensión muy antigua: el conflicto entre la vida artística y la vida familiar.
El arte aparece como una vocación que exige algo a cambio. No solo tiempo o dedicación, sino una forma de distancia respecto del mundo doméstico. Shakespeare persigue su carrera teatral en Londres, en un momento histórico en el que el teatro empieza a convertirse en un espacio de reconocimiento y posibilidad económica. Pero ese mismo impulso implica una renuncia silenciosa: estar menos presente en la vida que ocurre en casa.
La película no lo juzga de forma directa. Más bien, deja que esa tensión se despliegue en los gestos y en las miradas. El sacrificio familiar aparece como la contracara inevitable de una ambición artística.
Para Agnes, en cambio, la experiencia es otra.
Ella no comparte ese horizonte profesional. Su vida está anclada en la casa, en los hijos, en una sensibilidad casi mística hacia el mundo natural. Su vocación no es artística en el sentido público del término, sino doméstica y espiritual. Es la guardiana de un equilibrio cotidiano que el marido interrumpe cada vez que llega o se marcha.
Esto genera una forma particular de incomprensión.
No es el conflicto frontal que vemos en Marriage Story, donde dos artistas compiten dentro del mismo campo profesional. Aquí la tensión no nace de la rivalidad, sino de la diferencia de mundos. Shakespeare pertenece al espacio del teatro, de la palabra, de la representación pública. Agnes pertenece al espacio del cuerpo, de la naturaleza, de los vínculos invisibles.
Habitan el mismo matrimonio, pero parecen moverse en dimensiones distintas.
Cuando llega la muerte de Hamnet, esa estructura familiar se fractura.
La pérdida del hijo no solo introduce el duelo, sino que obliga a reconfigurar las relaciones entre todos los personajes. El dolor pone en evidencia lo que antes estaba apenas insinuado: la distancia del padre, la soledad de la madre, la fragilidad del equilibrio que sostenía a la familia.
Pero la película también sugiere algo más inquietante: la forma en que el arte puede transformarse en una respuesta al dolor.

Shakespeare regresa al teatro. Escribe Hamlet.
La obra aparece como una transfiguración del duelo. El hijo muerto reaparece transformado en personaje, en lenguaje, en tragedia. El arte funciona aquí como una forma de supervivencia simbólica: aquello que no puede resolverse en la vida encuentra una forma de existir en la representación.
No se trata de consuelo exactamente. Más bien de desplazamiento.
El dolor privado se convierte en una obra pública.
En ese sentido, Hamnet dialoga con otras películas que exploran la figura del padre desde la distancia o la imposibilidad. En Aftersun, por ejemplo, el padre parece incapaz de sostener el peso emocional de su propia vida. La fragilidad masculina se expresa en el silencio, en la tristeza que nunca termina de articularse.
En cambio, en The Return, el padre vuelve al hogar después de años de ausencia, pero lo hace transformado por la guerra. El regreso no restaura la familia; revela lo que el tiempo ha roto.
Hamnet propone otra variante de ese mismo problema.
Aquí el padre no desaparece ni vuelve destruido por la violencia. Simplemente vive dividido entre dos mundos: la familia y el arte.
La tragedia del hijo termina convirtiéndose en el punto donde esos mundos se cruzan.
Porque si el arte es la razón de su ausencia, también se vuelve la forma a través de la cual esa ausencia intenta repararse. El teatro permite nombrar el dolor que la vida cotidiana no logra contener.
Pero ese gesto tiene algo profundamente ambiguo.
Para Shakespeare, la obra puede ser una forma de trascendencia. Para Agnes, en cambio, el duelo permanece en el cuerpo, en la memoria del hijo perdido, en el silencio de la casa.
Dos formas distintas de habitar la misma pérdida.
Quizá por eso la película resulta tan poderosa. Porque no presenta el arte como una solución al sufrimiento, sino como una transformación del mismo. El dolor no desaparece: cambia de lugar.
Pasa del ámbito íntimo al escenario.
Y en ese desplazamiento aparece una pregunta que atraviesa toda la película: qué queda de una vida cuando el arte la convierte en historia.
Tal vez la respuesta esté precisamente ahí.
En la posibilidad de que algo —un hijo, una memoria, una pérdida— continúe existiendo de otra forma.
No en la vida.
Pero sí en el arte.
Hamnet (Chloé Zhao, 2025)