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GOMORRA (Matteo Garrone)

  • 27 abr
  • 3 Min. de lectura

En los suburbios de Nápoles, distintas historias se entrecruzan bajo la lógica implacable de la Camorra. Jóvenes que juegan a ser gánsteres, obreros atrapados en trabajos tóxicos, intermediarios del crimen y figuras menores del poder mafioso comparten un mismo territorio donde la violencia no es excepción, sino rutina. Gomorra observa este entramado sin épica ni redención, mostrando cómo el crimen organizado se confunde con la vida cotidiana hasta convertirse en parte de su paisaje.




En Gomorra la muerte no irrumpe: circula. Aparece en una cápsula de bronceado, en un ajuste rápido, en un gesto mecánico. La vida vale poco, y justamente por eso puede intercambiarse con facilidad. Vanidad y banalidad se confunden. El crimen no se vive como tragedia, sino como trámite. Garrone no subraya nada: deja que esa normalización incomode por sí sola.


La maquinaria se pone en marcha con una promesa conocida: dinero fácil, ascenso inmediato, triunfo sin espera. En la sociedad del espectáculo, el ideal no necesita profundidad, solo repetición. Tony Montana funciona como icono global, como propaganda portátil. Puede ser precario, puede ser violento, pero llega —como la Coca-Cola— a todos los rincones. Camisas de flores, fascinación por las armas, una estética que se impone como dictadura del deseo: perversión convertida en fortaleza, masculinidad entendida como amenaza permanente. El neoliberalismo no solo organiza el mercado; produce gestos, cuerpos, fantasías.


Esa colonización también se filtra en el lenguaje. Anglicismos que no distinguen clase: los usan los chicos de la calle y los empresarios. “Que sea clean, como dicen en América”. La palabra no describe, legítima. Todo debe parecer importado, superior, exitoso. No importa cómo se hizo, ni quién lo pagó.


Lo que emerge es una actuación constante. Una necesidad de parecer antes que de ser. Baudrillard aparece como intuición más que como cita: la simulación no encubre la realidad, la reemplaza. La euforia es aprendida, ensayada. La ficción deja de ser relato para convertirse en modo de vida. Vivir como si se estuviera dentro de una película, aunque esa película solo prometa una salida falsa.


En paralelo, China aparece como un engranaje silencioso: sometimiento industrial, mano de obra lejana que se conecta con las carencias materiales de Nápoles. El made in Italy funciona como etiqueta vacía, un nuevo simulacro. El consumo no busca verdad, busca coherencia estética. El engaño no es un fallo del sistema, es parte de su diseño.


El contador de la mafia lo entiende con claridad brutal. Decide salvarse solo. Deja todo listo para que el otro bando robe, traiciona antes de ser traicionado. El grupo se disuelve en el momento de peligro. No hay lealtad posible cuando la vida se reduce a supervivencia individual. Regresa vivo, pero no vuelve a ningún lugar: vuelve al miedo, a la intemperie de lo real. La mafia no es comunidad, es administración del riesgo.


La retroalimentación nunca es recíproca. El pueblo consume una ideología burguesa-capitalista que promete niveles superiores —más valor, más precio, más brillo— mientras los costos se reducen al mínimo mediante manufactura precaria. La ganancia crece gracias a la propaganda, al fetichismo de la mercancía, a la televisión que suaviza la violencia estructural. Una maquinaria perfecta, que atraviesa todos los poderes y siempre presenta la misma factura: la pagan los de abajo.


Las mismas manos que cosen en condiciones inhumanas terminan manejando trailers, descargando mercancía, aceptando trabajos desechables. Y el sistema ya tiene preparado su relato: la romantización del precariado, el elogio de la resiliencia, el aplauso al que aguanta. Así se limpian las manos. La mafia y el narcotráfico funcionan como filtro y como espejismo de éxito. Desde el ideal, es más fácil creer que las elecciones son libres, que el camino estaba abierto.


Gomorra no ofrece salida. Tampoco moraleja. Lo que deja es una sensación áspera: la escala social no es una escalera, es un decorado. Y a veces, lo único que cambia no es el lugar que ocupamos, sino el precio que estamos dispuestos —o forzados— a pagar para seguir dentro de la escena.

Gomorra (Matteo Garrone, 2008)

 
 

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