FACES (John Cassavetes)
- Noé Toledo

- hace 18 horas
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Richard Frost (John Marley) es un jefe autoritario. Una noche, en un bar, junto a Freddie, conoce a Jeannie (Gena Rowlands), una prostituta. Los tres terminan en su casa. Nada parece decidido del todo: la noche simplemente avanza.
Más tarde, Richard vuelve borracho a casa, donde lo espera su esposa Maria (Lynn Carlin). Entre bromas incómodas y risas forzadas, se hace evidente la distancia que hay entre ellos. La conversación deriva rápidamente en una discusión y Richard, sin ningún tipo de tacto, le pide el divorcio. Se va de nuevo con Jeannie. Al llegar, se encuentra con un ambiente desordenado, con más gente de la que esperaba. Tras una noche confusa y agitada, Richard y Jeannie acaban quedándose solos.
Maria, por su parte, sale con unas amigas y en un club nocturno conoce a Chet. Lo invita a casa junto al resto del grupo. Cuando todos se marchan, Maria y Chet (Seymour Cassel) pasan la noche juntos. A la mañana siguiente, Maria intenta suicidarse, pero Chet logra detenerla y cuidarla.
El matrimonio se reencuentra después de esa noche, quedando solos, frente a frente, obligados a confrontar una ruptura que ya no puede seguir evitándose.

En Faces (1968), John Cassavetes despliega un retrato incisivo de la fragilidad emocional y la desconexión humana en la clase media estadounidense. La película sigue principalmente a Richard Frost y su entorno, evidenciando la tensión constante entre la imagen pública y la vulnerabilidad privada. Frost oscila entre su rol autoritario en el trabajo y un comportamiento casi adolescente durante una noche de borrachera, cuando busca la atención de Jeannie. Ese contraste deja ver la dificultad de sostener una masculinidad que se percibe como perdida dentro del matrimonio, un patrón que también se repite en Freddie, su amigo y cómplice de excesos.
Las mujeres, por su parte, aparecen como cuerpos insatisfechos, desgastados por la rutina, mientras los hombres exponen una inseguridad persistente y una incapacidad para el vínculo que remite a una sociedad organizada en torno al rendimiento, la eficiencia y la apariencia. La frase de Chet dirigida a Maria —“nadie tiene tiempo de ser vulnerable con el otro”— condensa esa imposibilidad de establecer una intimidad real en un mundo que penaliza la fragilidad.
Cassavetes trabaja el tiempo cinematográfico como una materia crítica. Se distancia deliberadamente de la narrativa clásica para permitir que el espectador permanezca en los rostros, en los gestos, en los silencios incómodos. No hay prisa por avanzar: la duración misma de las escenas produce una sensación de desgaste y agotamiento emocional, donde la soledad y la frustración aparecen como condiciones persistentes de la experiencia humana.
La fotografía refuerza esta operación. Las imágenes granuladas, los movimientos de cámara abruptos y los encuadres deliberadamente inestables construyen un lenguaje visual en fricción constante. La alternancia entre primeros planos y tomas casi subjetivas no busca explicar a los personajes, sino exponerlos: mostrar, al mismo tiempo, cómo perciben el mundo y cómo quedan atrapados en la mirada del otro. El rostro deja de ser un lugar de identidad para convertirse en una superficie vulnerable, atravesada por el deseo, la incomodidad y la imposibilidad de sostener una imagen coherente de sí.
Si bien el argumento de Faces es elemental, su fuerza reside en lo que no se dice. La película se sostiene sobre gestos mínimos, silencios prolongados y la persistencia de los rostros como lugares donde algo no termina de acomodarse. Cassavetes construye así un cine de observación radical, donde la intensidad dramática no proviene de la estructura narrativa, sino de la exposición directa de la vida, sin atenuantes.
En el contexto del cine independiente estadounidense, Faces marca un punto de inflexión. Cassavetes se sitúa fuera de la lógica de los grandes estudios para filmar relaciones humanas sin mediaciones industriales. La producción austera, el trabajo con los actores desde la improvisación y la renuncia a una forma cerrada no funcionan como gesto de ruptura programática, sino como una necesidad: dejar que el conflicto, el tiempo y los cuerpos existan sin ser domesticados por la forma clásica. La independencia, aquí, no es un marco externo, sino una condición material que permite que los rostros permanezcan, incluso cuando incomodan.
Faces (John Cassavetes, 1968)