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EL ÚLTIMO (F. W. Murnau)

19 oct
3 min de lectura

Todo empieza con algo mínimo. Un cuerpo cansado bajo la lluvia. Un gesto breve: detenerse. No hay rebeldía ahí, solo un límite. Pero basta. El jefe aparece y convierte ese instante en prueba. No de fatiga, sino de falla. De pronto, la vida entera de ese hombre puede leerse desde ese pequeño descanso.



El portero no pierde solo el trabajo. Pierde algo más difícil de nombrar. El uniforme —ese abrigo pesado, casi ceremonial— no era una prenda; era su forma de estar en el mundo. Con él, el cuerpo envejecido encontraba todavía un lugar visible, una dignidad prestada. Sin él, queda expuesto. No como individuo, sino como resto.


Murnau filma esa caída sin subrayarla. Y, sin embargo, se siente. Estamos ante una película muda, un intertítulo, totalmente sostenida por la imagen. Pero no como demostración, sino como contacto. La cámara no observa desde fuera; se pega al cuerpo, lo sigue, lo acompaña en su descenso. A veces parece arrastrarlo. Y en ese movimiento aparece algo más que tristeza: una especie de vértigo.


Porque lo que se derrumba no es solo un hombre. Es la ilusión de estabilidad que lo sostenía. Ese equilibrio frágil donde uno “es” mientras los otros lo miran como algo.


El barrio, la esposa, los vecinos… nadie necesita decir demasiado. Basta una mirada que cambia de tono. Un reconocimiento que se retira. La escena en los lavabos —cuando su mujer lo ve reducido a ese espacio oculto— tiene algo de pesadilla, pero no por exagerada, sino por precisa. No hay escándalo, no hay grito. Solo una distancia que aparece de golpe. Como si el amor también dependiera, en silencio, de cierta imagen.


El uniforme deja entonces de ser objeto y se vuelve promesa.Promesa de valor, de pertenencia, de forma. Algo que el sistema otorga mientras el cuerpo responde, mientras produce, mientras encaja. Cuando eso falla, no hay transición. Solo un corte. Y lo que queda es un hombre intentando sostener, casi teatralmente, un presente que ya no existe.


Ahí el cuerpo empieza a pesar distinto. La espalda se encorva, el paso se vuelve incierto, los gestos pierden firmeza. No es solo una caída social; es una transformación física. Como si el lugar que ocupaba en el mundo también organizara su manera de moverse. La cámara lo registra sin subrayarlo, pero lo hace visible: el cuerpo ya no coincide con la imagen que intenta sostener.


También el espacio cambia de sentido. No es lo mismo la puerta del hotel que los lavabos. No es lo mismo ser visto que quedar oculto. Cada lugar implica una jerarquía, una forma de existir. Descender no es solo cambiar de trabajo; es cambiar de mundo. Y la película hace sentir ese desplazamiento sin necesidad de explicarlo.


Hay algo profundamente incómodo en esa necesidad de ser visto para ser. No como vanidad, sino como condición. La identidad no parece venir de adentro, sino de ese circuito de miradas que la valida. Pero aquí esa mirada no es neutra. Tiene algo de violencia silenciosa. No golpea, no humilla abiertamente, pero reorganiza todo. Decide quién es alguien y quién deja de serlo.


Y cuando esa mirada se retira, no queda mucho donde apoyarse.


Incluso cuando el personaje intenta sostener la ilusión —volver a ponerse el uniforme, caminar como si nada hubiera cambiado— aparece un pequeño desfase. Algo no encaja. El gesto ya no tiene el mismo peso. El cuerpo no responde igual. Y ese mínimo desajuste basta para que todo se vuelva frágil.



Murnau no lo juzga. Tampoco lo rescata del todo.Lo acompaña hasta el fondo, incluso cuando introduce ese final improbable, casi irónico. Un gesto que parece concederle al personaje una reparación tardía. Pero no se siente como consuelo. Más bien como una concesión extraña.


Como si la película misma supiera que eso no pertenece del todo a su mundo.


Y sin embargo, ese final no borra lo anterior. Al contrario, lo deja vibrando.


Quizá ahí está lo inquietante. No en la tragedia evidente, sino en lo fácil que resulta caer fuera de la imagen. En lo poco que hace falta para dejar de ser alguien y empezar a ser apenas un cuerpo que ya no sirve.


Der Letzte Mann (F. W. Murnau, 1924)

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