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EL REGRESO (Andrey Zvyagintsev)

  • 26 feb
  • 4 Min. de lectura

Andrey e Iván ven su vida interrumpida por la reaparición de un padre ausente, un desconocido. La película sigue a estos tres personajes en su relación durante un viaje a una isla remota, donde el padre busca enseñarles a ser hombres.



Una barca hundida en el fondo del mar. La imagen aparece como un presagio, pero también como una promesa: algo que cayó, algo que no terminó de decirse. Desde ahí, la película parece contarse hacia atrás, como si ya fuera un recuerdo.


Domingo

Dos hermanos. Un grupo de amigos. El desafío de lanzarse desde lo alto. La masculinidad, entendida como valor, como prueba pública. “Gallina” es la palabra que más duele. No es un insulto, es una sentencia.


Iván no salta. Andrey sí. La diferencia entre ambos no es solo de carácter; es una forma distinta de habitar la falta. La madre intenta proteger, dramatiza, corre, salva. Pero no logra algo más difícil: dar confianza. Contiene la angustia, no la transforma.


La casa está casi vacía. Sin decoración, sin huellas claras. Como si los roles se hubieran evaporado junto con el padre ausente. Cuando él vuelve, duerme. Ocupa espacio, pero no llena nada. Nadie puede dormir esa noche. Los niños por la expectativa del viaje. La madre por algo más opaco: compartir la cama con un hombre que es padre de sus hijos, pero no sabemos si todavía es su pareja. Hay una sensación de trámite, como si la intimidad estuviera suspendida y solo quedara la función.


El montaje no avanza de manera clásica. Une momentos como nodos. Las imágenes se buscan entre sí, como ecos que solo se entenderán al final.


Lunes

El rechazo de los amigos. El rechazo del hermano. La traición. Iván corre a acusar; Andrey lo persigue. Esa persecución infantil se grabará como una marca que volverá más adelante. En esta película, nada se pierde: todo regresa transformado.


El padre es un desconocido. Genera curiosidad y desconfianza. No explicará dónde estuvo. Solo propone un viaje. La madre parece saber más de lo que dice, pero calla. Y en ese silencio se instala la pregunta: ¿qué se hace con un padre que vuelve?


Martes

“Llámame padre”, le exige a Iván. Como si bastara el nombre para que exista la función. Como si la palabra pudiera reemplazar la experiencia.


Andrey, que había idealizado esa figura, empieza a ceder. Se adapta. Iván no. Iván observa cómo su padre mira a otras mujeres, y lo vive como una traición a la madre. La idealización se resquebraja rápido cuando el cuerpo real aparece.


Los niños han crecido sin límites claros. Confunden libertad con ausencia. El padre responde con dureza. Mano firme. Regla. Castigo.Pero ninguno de los tres tiene del todo claro qué significa ser padre o ser hijo. Andrey se somete por deseo de pertenecer. Iván desafía porque no soporta la imposición. Dos modos de enfrentar el vacío simbólico.


¿Cómo confiar en que ese hombre es realmente su padre? ¿La sangre alcanza?


Miércoles

Andrey tiene algo contemplativo. Toma fotografías. Intuye que los momentos no se repiten. Quiere fijarlos. Iván es más impulsivo, más sensible al vínculo. Eso lo vuelve vulnerable en un mundo que premia la fuerza.


Iván busca regresar a la calma, a la madre, a la seguridad. Hay algo en él que aún no quiere salir de casa. Andrey se deja guiar, como si el viaje fuera una oportunidad de convertirse en algo.

El padre enseña constantemente. Da lecciones incluso cuando nadie las pidió.


Jueves

Construyen una barca. Trabajo físico. Lluvia. Remar sin descanso. Más que un viaje, parece un entrenamiento. Un campamento donde la ley se impone sin matices. No hay individualidad en esa pedagogía. Solo deber.


La isla funciona como aislamiento y como prueba. Templar el carácter. Resistir. Aguantar. La masculinidad aparece como supervivencia: fuerza, valor, silencio. No se cuestiona de forma panfletaria. Se muestra en su crudeza.


Los tonos fríos por momentos exagerados, esas sombras azules con altas luces naranjas, no son un efecto estético aislado. Se sienten en la piel. El mundo es inhóspito. La ternura casi no tiene lugar.


Viernes

Algunas imágenes evocan a El espejo de Tarkovski, pero aquí el recuerdo no es lírico; es áspero. Se siente como si Iván narrara desde el futuro, intentando comprender lo que ocurrió.


El padre comienza a aparecer como monstruoso. No porque sea malvado, sino porque encarna un exceso de ley. En la persecución final, Iván huye. Prefiere el vacío antes que la autoridad no reconocida. Desde la torre amenaza con saltar.

El padre intenta salvarlo. Cae.


Pero aquí aparece una pregunta incómoda.

Si su intención era enseñarles a “ser hombres”, ¿por qué no comenzó por la forma más elemental de hombría: hacerse responsable de sus hijos?¿Por qué la enseñanza se reduce a resistencia física, dureza, obediencia, y no incluye la permanencia, el cuidado, la presencia sostenida?


Hay algo contradictorio en exigir fortaleza cuando se ha practicado la ausencia. En demandar carácter cuando no se ofreció ejemplo de responsabilidad.


Entonces la duda se instala: ¿estamos frente a una función paterna desajustada, o frente a un hombre que confunde masculinidad con imposición? ¿Es ley… o es simplemente orgullo herido?

La caída responde a la imagen inicial. El trauma se cierra sobre sí mismo.


Sábado

Los hermanos quedan solos en la isla, como solos estaban en su infancia. Solo que ahora algo se ha inscrito. El padre muere como cuerpo, pero se densifica como figura.

No sabemos dónde estuvo. No sabemos por qué volvió. No sabemos si fue justo o desmedido. Sabemos que dejó marca.


El viaje no fue romántico ni pedagógico en sentido amable. Fue material. Doloroso. Vulnerador. La enseñanza no vino de la palabra, sino de la experiencia.

Pero esa experiencia deja una herencia ambigua.


Porque si la masculinidad que se transmite es aguantar, callar y resistir, ¿dónde queda la responsabilidad afectiva? ¿Dónde queda la capacidad de sostener en el tiempo?


Tal vez el padre no fracasa por ser duro.

Fracasa por haber querido instituir una ley sin haberse inscrito antes como presencia.


Y sin embargo, algo se transmite.

No necesariamente el modelo que él quiso imponer, sino la pregunta misma.


Al final, cuando la barca se hunde y el cuerpo desaparece, lo que permanece no es el hombre, sino el problema.


El padre muere como presencia física, pero nace como interrogación.

Y esa interrogación no es solo cómo inscribir la ley sin repetir la violencia.

Es también esta:


¿Qué significa realmente “ser hombre” cuando la primera responsabilidad —estar— no fue cumplida?

El regreso (Andrey Zvyagintsev, 2003)

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