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DÍAS DE VINO Y ROSAS (Blake Edwards)

  • 26 mar
  • 3 Min. de lectura

Todo empieza como una promesa ligera. Clay y Kristen se encuentran en la ciudad desde lugares opuestos: él, sociable, insistente, siempre un poco de más; ella, contenida, hermosa, con una timidez que parece proteger algo frágil. Pero en el fondo comparten lo mismo: una soledad difícil de nombrar, una inquietud que no termina de encajar en ningún sitio.



El acercamiento ocurre desde la falta. Clay introduce a Kristen en el alcohol a través de algo casi inocente, un licor de chocolate que prolonga ese gesto suyo de comer dulces sin parar. No es un salto brusco, más bien un desliz. Como si el vicio no interrumpiera la infancia, sino que la maquillara, la hiciera más llevadera.


Ahí aparece una intuición que la película no subraya, pero deja flotando. No se trata solo de beber, sino de sostener una ilusión. Kristen habla del mar: de cerca es sucio, de lejos parece limpio. Dice que espera a un monstruo que la arrastre al fondo. Lo dice casi como un juego, pero hay algo ahí que ya sabe. Una curiosidad por lo oscuro, por lo que rompe la superficie. Su apartamento, invadido por cucarachas, no hace más que confirmar que esa grieta no es imaginaria.


El alcohol no irrumpe: organiza. Se vuelve el tercer elemento de la relación. El que permite que el vínculo exista sin enfrentarse del todo a lo que lo sostiene. No es solo un escape; es una forma de estar juntos sin verse demasiado.


Clay, en su trabajo, ya vive en esa lógica. Su cuerpo y su actitud no están separados: debe ser encantador, disponible, convincente. No hay un límite claro entre lo que es y lo que actúa. Hay algo ahí que no descansa. Y esa misma falta de medida empieza a filtrarse en lo cotidiano. Los excesos aparecen antes de estallar: el chocolate, el aerosol contra las cucarachas, el ruido que molesta a los vecinos. Pequeñas señales de una tensión que todavía no se nombra.


Cuando deciden casarse, la película no se detiene. Avanza. Como si ellos mismos quisieran llegar antes de pensar. Se acumulan decisiones —el matrimonio, la hija— sin tiempo para asimilarlas. Más que construir una vida, parecen esquivarla. Como si la forma ya estuviera ahí, pero el fondo no terminara de sostenerla.


En ese recorrido aparece el padre de Kristen. Rígido, seco, incapaz de ver en su hija algo más que fragilidad. No hay diálogo posible, solo una estructura que se impone. Clay, casi por inercia, entra en ese juego: lo llama “padre”, como si necesitara anclarse a una forma que, en realidad, ya está quebrada.


Pero lo que al inicio era un impulso compartido empieza a desbalancearse. El alcohol deja de ser puente y se vuelve caída. Cuando Clay pierde el trabajo, cuando el entorno deja de sostener la ilusión, algo cambia. La película no lo anuncia. Simplemente ocurre. La ligereza se apaga y lo que queda es desgaste.


La tríada se vuelve evidente: Kristen, Clay, alcohol.


Los espacios también cambian. Se cierran. Se vuelven más densos, más difíciles de habitar. La cámara no fuerza nada, pero acompaña ese encierro. Como si el mundo se fuera reduciendo poco a poco al tamaño de la adicción.


En el invernadero, Clay alcanza un punto de quiebre difícil de mirar. No es solo desesperación. Es algo más incómodo: la sensación de haber cruzado un límite sin saber cuándo. Como si el desastre no fuera un momento, sino una suma. Una acumulación de pequeños gestos que, vistos juntos, ya no tienen vuelta atrás.


A partir de ahí, las respuestas divergen. Él busca algo afuera: ayuda, estructura, límite. Acepta —tarde— que no puede solo. Ella, en cambio, insiste en una idea de control que nunca termina de existir. No como decisión consciente, sino como forma de sostenerse. Dos maneras distintas de no poder.


Y ahí la película se vuelve más dura. Porque no hay villanos. No hay una causa única. Solo una relación que encontró en el alcohol una forma de existir y que ya no sabe cómo hacer sin él.

El amor no alcanza. La voluntad tampoco.


Hay algo en Kristen que prefiere la distorsión a enfrentarse a lo que la espera. El alcohol no solo suaviza la realidad: la vuelve habitable. Más que destruirla, le permite no ver. Permanecer en una superficie donde todo parece todavía posible.


Y en ese gesto final —ver caricaturas mientras bebe, sostener ese pequeño refugio infantil— la película vuelve, casi en silencio, al inicio.


A esa mezcla de inocencia y fuga.


Queda flotando una duda incómoda: si esto es una caída… o una forma de no tocar nunca el fondo.


Days of Wine and Roses (Blake Edwards, 1962)

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