AFTERSUN (Charlotte Wells)
- hace 7 días
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Padre e hija de vacaciones. Pero lo que vemos no es exactamente ese viaje, sino el recuerdo de ese viaje. Toda la película está atravesada por esa distancia: Sophie adulta intentando reconstruir algo que ocurrió cuando tenía once años.

No vemos el pasado directamente. Vemos lo que queda de él.
Hay entre ellos una complicidad muy particular. Se quieren, juegan, se buscan. Pero algo en la relación está ligeramente desplazado. No es exactamente la relación tradicional entre padre e hija. En varios momentos parecen más bien hermanos: dos edades que no terminan de encajar del todo en el lugar que les corresponde.
Sophie (Frankie Corio) está entrando en la pubertad. Empieza a mirar a los otros, a observar a las chicas mayores, a acercarse con curiosidad a los primeros gestos del deseo. La película acompaña ese despertar con una cámara muy sensible a las superficies: cuerpos que nadan, pieles, reflejos en el agua.
No es una sexualidad explícita. Es algo más difuso, más táctil. Como si el mundo empezara a sentirse de otra manera.
Mientras tanto, Calum (Paul Mescal) —el padre— parece moverse en dirección opuesta. Tiene treinta y un años, pero hay algo en él que todavía pertenece a la adolescencia. Ama a su hija e intenta ser un buen padre, pero se percibe una dificultad profunda para sostener el lugar adulto.
Es cercano, afectuoso, incluso cómplice. Pero también es un padre sin demasiada autoridad.
Hoy podríamos llamarlo un padre moderno: más horizontal, más amigo que figura de mando. Sin embargo, la película deja ver algo más inquietante que esa simple actualización del rol paterno. Hay en él una cierta falta de anclaje, como si tampoco supiera muy bien dónde colocarse en el mundo.
A ratos Sophie parece emocionalmente más estable que él.
Nunca se dice de forma explícita, pero todo en Calum sugiere una tristeza difícil de nombrar. Pequeños gestos lo delatan: el modo en que se queda solo en el balcón mirando la noche; el silencio que aparece cuando Sophie se duerme; ese instante en el que rompe a llorar sin que nadie lo vea.
Como si estuviera intentando protegerla de algo que él mismo ya no puede sostener.
En ese punto la película empieza a insinuar otra dimensión más profunda: la relación de Calum con su propio ideal de hombre. La masculinidad aparece aquí no como una identidad segura, sino como una expectativa difícil de alcanzar.
El modelo social todavía exige del hombre adulto ciertas cosas muy concretas: estabilidad, control emocional, capacidad de proveer y sostener una familia. Calum parece no encajar del todo en ese esquema. Su vida sugiere cierta precariedad, una falta de estabilidad económica y vital que lo aleja del ideal tradicional del padre proveedor.
No necesariamente porque Sophie lo perciba así, sino porque él mismo parece medirse frente a ese ideal.
La presión de ese modelo se manifiesta también en el plano psicológico. La masculinidad en nuestra sociedad turbocapitalista exige productividad, fortaleza, autocontrol, una cierta opacidad emocional. Mostrar fragilidad queda fuera de ese marco. Calum parece vivir precisamente en esa tensión ideológica: intenta mantener una imagen ligera, divertida, protectora para su hija, mientras algo en su interior se desmorona.
La tristeza está ahí, pero rara vez encuentra un lugar donde expresarse.
Una escena aparentemente banal condensa bien esta ambigüedad. Alguien comenta que parecen hermanos. Normalmente esa frase funciona como un halago físico para el padre y una pequeña ofensa para la hija. Pero aquí resuena de otra manera.
Porque, en cierto sentido, es verdad.
Calum parece haber prolongado su adolescencia demasiado tiempo. Y Sophie, en cambio, empieza a desplazarse hacia una madurez emocional que todavía no le corresponde del todo.
Ambos están en un umbral.
Ese desajuste produce en la película una sensación constante de limbo.
Un limbo que aparece literalmente en las escenas del rave. Un espacio oscuro, lleno de luces estroboscópicas, donde Sophie, adulta, intenta alcanzar a su padre entre la multitud. Allí el tiempo parece suspendido. Los cuerpos aparecen y desaparecen entre flashes. Calum nunca se ve del todo, apenas por fragmentos.
No es un espacio de celebración o hedonismo. Más bien funciona como un lugar de disolución.
En ese espacio las identidades se vuelven inestables, los cuerpos se confunden, las figuras aparecen y desaparecen. El rave se vuelve así una imagen de huida: no tanto un lugar para disfrutar, sino un lugar donde desaparecer, donde sustraerse momentáneamente de las expectativas del mundo.
La imposibilidad de afrontar esas exigencias —ser adulto, ser padre, ser el hombre que se supone que uno debe ser— parece encontrar allí su forma simbólica.

Las grabaciones domésticas aparecen constantemente a lo largo de la película. La cámara de video con la que Calum registra pequeños momentos: conversaciones, juegos, gestos cotidianos. No son imágenes espectaculares. Son imágenes torpes, inestables, como cualquier archivo familiar.
Pero justamente por eso adquieren otra intensidad.
Porque esas imágenes sobreviven. Y lo que sobrevive siempre termina cargando más peso del que tenía en el momento en que fue registrado.
El viaje entero se vuelve entonces una pregunta retroactiva.
Los recuerdos que tiene son pocos: un hotel en Turquía, algunas excursiones, el karaoke, las grabaciones en video. Nada particularmente extraordinario.
Pero precisamente por eso esos recuerdos se expanden, como humedad en una pared. Intentan ocupar el lugar de lo que nunca se supo.
En medio de todo aparece la escena que parece concentrar esa emoción contenida: el baile de “Under Pressure”, de Queen y David Bowie.
Calum insiste en que bailen. Sophie al principio se resiste, luego entra en la pista. La canción empieza casi como un juego, pero poco a poco algo cambia. Hay una intensidad extraña en ese momento, como si ambos sintieran algo que todavía no saben nombrar.
Durante unos segundos parece que todo se ordena.
Pero la escena también tiene algo de despedida.
Quizá porque Sophie adulta la recuerda así. Tal vez ese viaje fue uno de los últimos momentos en que su padre pudo estar realmente presente. La película nunca lo dice con claridad, pero la sensación que queda es que Sophie intenta reconciliar dos imágenes que no terminan de encajar: el padre alegre que bailaba con ella y el hombre que probablemente estaba cayendo en un lugar más oscuro.
El final de la película refuerza esa impresión.
Calum está grabando con la cámara de video. Termina la grabación, se queda unos segundos quieto y luego se da la vuelta. Camina por el pasillo del hotel y abre una puerta desde donde irrumpe la luz intermitente del rave.
La cámara, en cambio, nos deja en el aeropuerto.
Calum se pierde en esa luz fragmentada.
Es un gesto simple, pero devastador. Como si el recuerdo llegara hasta ese punto y ya no pudiera avanzar más. Como si la memoria chocara con un límite.
Quizá por eso la película resulta tan dolorosa. Porque lo que Sophie adulta intenta reconstruir no es solo un verano, sino una pregunta mucho más difícil: quién era realmente su padre y qué estaba viviendo mientras ella todavía no podía entenderlo.
El cine aquí funciona como una segunda mirada.Una mirada que llega demasiado tarde.
Pero que, aun así, insiste en volver sobre las mismas imágenes una y otra vez, tratando de encontrar en ellas algo que antes no supimos ver.
Tal vez en ese gesto —volver a los recuerdos, revisarlos desde otro lugar— haya también una forma de duelo.
No para cerrar la historia.
Sino para poder seguir habitándola.
Aftersun (Charlotte Wells, 2022)